Repasemos la historia de Fray Salvador Solá .

Recordamos este año el vigésimo aniversario de su fallecimiento.

 

Fray Salvador Solá es una de las figuras más reconocidas del franciscanismo local del último medio siglo, y que forma parte ya, por natural impulso de su personalidad y de su obra, de un capítulo de la historia regional marcado por el testimonio de vida que dejó, desde la sencillez, la humildad, la alegría en el servicio, la fe que le hizo mover montañas y que quedó traducida en el magnífico templo San Francisco Solano, en el que cada ladrillo lleva la marca de sus manos y de su entrega. Su extraordinario carisma le convirtió en un singular ser humano, valorado y respetado sin distinción de credos ni de clases sociales, en todos los sitios, -casas, campos y familias- por donde pasara, y aún más allá de los límites provinciales. Pedro Sola Vilalta, tal su verdadero nombre, - había nacido en Ripoll, provincia de Gerona, España, el 4 de enero de 1911. Muy joven ingresó a la Orden Franciscana; a los 17 años hizo la profesión de votos, y siete años más tarde, la profesión solemne, el 3 de julio de 1932. El primer encargo que tuvo fue la de atender la portería del convento de Vic (Barcelona) Dos años más tarde, fue destinado a las tierras de América; llegando a esta región argentina de dilatadas pampas, el 15 de marzo de 1936m jurisdicción por entonces de la llamada Custodia de Río Cuarto y La Pampa. Su primer destino fue el convento de Río Cuarto; poco después, es enviado al de General Levalle, y más tarde, al de General Luiggi, en La Pampa. Su vocación de servicio para “edificar templos” comienza a mostrarse muy pronto, dejándole a las comunidades de La Pampa dos iglesias nuevas en apenas siete años de trabajo. Regresa por poco tiempo a Río Cuarto, y a poco es destinado a El Palomar, Provincia de Buenos Aires, donde le esperaba el desafío de construir una nueva iglesia.


En 1951 se derrumba el primitivo templo San Francisco Solano; fray Solá es llamado para ocuparse de las obras de remoción de escombros y tratar de levantar uno nuevo, obra que le demandó 15 años de incontables trabajos y trajines.


CUATRO RANCHOS Y UN CONVENTO
La presencia franciscana fue centro de fe y esperanza para el vecindario de la Villa de la Concepción, cuando a mediados del siglo pasado, la Línea de la Comandancia de Fronteras, marcaba el límite entre las extensas tierras pampeanas del Sur, habitada por las tolderías ranquelinas, y el avance de nuevas poblaciones que pujaban por crecer.

Los franciscanos llegaron a esta Villa de la Concepción el 13 de noviembre de 1856 por propio reclamo del vecindario. Los doce primeros misioneros, procedentes de Italia, fundan el Convento y diez años más tarde, el Colegio de Propaganda Fide con la llegada de otros diez, venidos para atender una amplia región del Curato del Río Cuarto y misionar entre los indios ranqueles.
En la misma manzana que hoy ocupan el convento y la iglesia san Francisco Solano, una pequeña habitación de adobe y paja hizo las veces de capilla; recién en 1861 los franciscanos comienzan a construir el templo que es consagrado quince años más tarde, el 3 de octubre de 1876 por el Obispo de Córdoba, Monseñor Manuel Eduardo Álvarez, con el padrinazgo del General Julio Argentino Roca.

Recién a fines del siglo pasado el templo quedó terminado, con una artística decoración, convirtiéndose una de las reliquias del lugar y clásica postal de la ciudad hasta la década del 50. En su terminación se habían invertido más de 33 años de incontables sacrificios. Amanecía el 7 de diciembre de 1951 cuando fray Manuel Nierga, predecesor de fray Solá en las labores de atención del templo, percibió los primeros indicios del desastre: un leve crujido, señales de viejo polvo, y enseguida, el estruendo: la nave central se partió. La Iglesia de San Francisco se había derrumbado.


FRAY SOLÁ INICIA SU OBRA
Fray Solá, ocupado en la construcción de la iglesia de El Palomar, es llamado a Río Cuarto. Aquí inicia la gran obra no sólo de su vida, sino de la historia de la región. Tras la remoción de escombros se trazaron los planes para levantar, en el mismo sitio, a la nueva  iglesia. La piedra fundamental del nuevo templo se colocó el 24 de octubre de 1954 con la bendición del Obispo de la Diócesis, monseñor Leopoldo Buteler y el padrinazgo del doctor Carlos J. Rodríguez y su familia. Fray Solá había llegado tras los primeros momentos del derrumbe y ya no abandonaría la obra - ni ésta su Patria chica de adopción - hasta verla otra vez en pie. El 1 de Abril de 1956, fiesta de Pascua, fueron bendecidas las herramientas y al día siguiente, se iniciaron las obras del templo nuevo. La construcción se inició según los planos del arquitecto Augusto C. Ferrari y del ingeniero Julio Alonso, la dirección técnica fue confiada a don José Pires, venido desde Caseros, provincia de Buenos Aires. Así comienzan las andanzas de fray Solá por todos los pueblos y campos de la región, y casa por casa en la ciudad, resolviéndolo todo: recaudar fondos a fuerza de cambiar cereal o ganado por materiales de construcción, fabricar ladrillos, montar una fábrica de mosaicos, comprar hierro con rifas, ir y venir con su “chatita verde” por caminos de huella, entre soles agobiantes o lluvias invernales.
El nuevo templo es consagrado solemnemente el 7 de diciembre de 1969 por el Obispo de Río Cuarto, monseñor Moisés Julio Blanchoud.

LA HORA DEL REPOSO
Al fin, tras 15 años de duro trabajo, fray Solá pudo descansar a la sombra de su propia obra, sin dejar de recordar las subidas a las torres, o sus diarias recorridas, controlando vigas, cargando cemento, pagando facturas, helándose de frío en las madrugadas, luchando con las huellas del barro de los caminos rurales, haciéndose de nuevos amigos, que no querían dejarse ganar en generosidad ante el ejemplo de este fraile paciente y conversador.
Fray Solá no descansó hasta ver a su amado templo embellecido en todos los detalles. Con sus ahorros de varios años, logrados con cientos y cientos de rosarios hechos con sus manos y la generosidad de sus incontables amigos, reunió el dinero para comprar y colocar el zócalo de mármol que rodea las paredes interiores del templo, obra que dirige en 1996 cuando ya estaba cumpliendo 85 años. Sus días le ven ocupado en su pequeño y cálido rincón de la portería, cuidando de “su” iglesia, regando las plantas de los canteros exteriores, donde además de cultivar hortalizas y flores recogía “las lágrimas de Job”, semillas con las que pasaba horas haciendo rosarios; se ocupaba además, de hilar blancas fibras de algodón y anudar con sabiduría los cordones de los hábitos franciscanos; anotar pedidos de misas, interesarse por la vida cotidiana de los fieles, animar la vida del convento, y hasta cazar entre los balcones, alguna distraída paloma para su plato de media mañana.
Así transcurría la vida de fray Solá, hasta esa madrugada del 5 de marzo de 1998, en que al abrir la portería, un escape de gas lo envolvió en llamas. Sobrellevó prácticamente ciego y con un cuerpo deshecho por el fuego, con paciencia y ejemplar aceptación tan dolorosa como inexplicable forma de despedirse de este mundo. Murió el 6 de abril, al día siguiente del Domingo de Pascua. La solemne misa funeral fue presidida por el Obispo Diocesano, Mons. Ramón Artemio Staffolani, acompañado de numerosos sacerdotes, los religiosos de la ciudad y la diócesis y una verdadera y conmovida multitud de fieles. Sus restos quedaron en forma transitoria en el Cementerio de La Concepción. Al cumplirse los dos meses de su muerte (6.4.1998) fueron trasladados al mausoleo levantado en el atrio del templo que él mismo construyó, donde reposan. De este modo, fray Solá se ha convertido en un verdadero custodio de la espiritualidad que le hizo trascender como “constructor de iglesias”, en un arduo trajinar que le llevó a recorrer y amar estas tierras durante casi cincuenta años.

CIUDADANO ILUSTRE
Otros reconocimientos Si bien fray Solá será siempre recordado por la obra magnífica del templo franciscano, también es cierto que mostró una personalidad que le hizo ganar la admiración de innumerables vecinos de la ciudad y la región, hasta las serranías de Córdoba y de San Luis.
Estas dotes espirituales le consagraron como legítimo “Ciudadano Ilustre”, reconocimiento que le fue otorgado por el H. Concejo Deliberante el 27 de Septiembre de 1995, por Ordenanza 816/94; también “por su ejemplo de honradez y sacrificio” fue distinguido 22 de octubre de 1997 con el Premio a la Excelencia, por el Instituto Argentino de la Excelencia.
A años más tarde, por iniciativa de alumnos de la sección Nocturna del Colegio San Buenaventura, se impuso su nombre a un espacio verde situado en el S.E. de la ciudad. Junto a estos públicos reconocimientos, está el de la gente. Ante tantos vaivenes en el mundo de los valores, con Fray Solá siempre algo se podía rescatar; con las palabras sencillas de un verdadero maestro de la vida de fe a través de las obras que enseñan por sí mismas, las del espíritu simple dispuesto para servir al otro, para regalar sus bromas y buen humor como ejemplo de una actitud de aceptación de los trabajos de la vida, sin vanos reclamos ni quejas inútiles. Para fray Solá el secreto de su paz y de su alegría era muy simple: cumplir alegremente con el trabajo cada de día.
Son largas y conocidas sus historias, anécdotas y opiniones, incorporadas hoy al recuerdo de cada rincón de la iglesia franciscana y de una amplia región.
El hermoso monumento de mármol donde reposan sus restos, es visitado por sus incontables amigos y hasta el más desprevenido visitante, no puede dejar de asombrarse ante esta siempre viva imagen de su bondad y de sus ganas de “edificar las cosas buenas que le
hacen falta a este mundo”.

Río Cuarto, Abril de 2018.
Fuentes documentales:
Inés I. Farías
Archivo Histórico Convento San Francisco Solano
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Alvear 620 – Tel. (0358) 462198
(5800) RÍO CUARTO, Cba.

 
 
   

 

 
  

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